Durante siglos, nos han enseñado que la evolución es una línea recta, una especie de carrera hacia un estado más “avanzado” o “eficiente”. Sin embargo, basta con observar un huerto o un bosque para darnos cuenta de que la naturaleza no evoluciona así: su transformación es desordenada, impredecible, llena de contrastes y de funciones que no siempre entendemos. Y aún así, todo tiene sentido.





