
Vivimos una época donde cada emprendimiento, cada proyecto personal, cada viaje o hasta cada comida puede convertirse en contenido. El influencer ya no es un personaje lejano con miles de seguidores; hoy cualquiera con un celular y una idea puede ocupar ese lugar. Pero esa democratización también tiene un costo: la saturación. Cuando todos buscan ser vistos, escuchados y compartidos, el ruido termina por opacar la esencia.
El espejismo digital



